Las voces de mi vida (2). George Harrison.
Pero a mí su voz me encanta, me emociona, me hace soñar. Es una voz ahogada, quizás sin demasiados recursos. Es una voz que se pasó muchos años haciendo coros inaudibles en conciertos inaudibles. Una voz que se fue acomodando a ese segundo plano que las circunstancias propiciaron. Es una segunda voz.
Pero una voz que refulge en sus propias canciones. Especialmente en las intimistas, en las de hondo contenido espiritual, como "My sweat Lord", "While my guitar gently weeps", y tantas otras. En ese momento, lo que le falta de potencia le sobra de capacidad lírica para hablar de amor, o de dramatismo conmovedor para contar experiencias interiores.
He escuchado recientemente a George en esa especie de largo y ameno monólogo que, a modo de autoanálisis, hace de su propia obra en ese DVD que acompaña a sus discos remasterizados y agrupados en una voluminosa caja verde. El gran George relativiza ahí todo: su propia valía como artista, el fabuloso éxito de los Beatles, e incluso su propia manera de tocar la guitarra, algo que, por otra parte, todo el mundo admira. Se distancia de todo eso con ironía y un gran sentido del humor y de la modestia. También parece distanciarse de su propia voz, más potente comparativamente para hablar que para cantar. Más firme para evidenciar su desacuerdo moral e intelectual que para expresar emociones a través de su propia música.
La voz de George Harrison es una metáfora de sí mismo. De un hombre y un músico irrepetible en un contexto en el que el indiscutible brillo de los otros le condenó a una extraña oscuridad en la que, sin embargo, siempre se sintió razonablemente feliz.
Las voces de los Beatles siempre fueron las de John Lennon y Paul McCartney. También en esto George Harrison fue el beatle tapado. Tapado por el talento, la ambición, el marketing. Tapado también por él mismo, y tal vez por la fidelidad a sus propios valores personales.

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